Imágenes perdidas

1/7/08

Ya he comentado en post anteriores que guardo todo.
En mi caso el almacenamiento es una pulsión que me lleva a grabar casi cualquier cosa, incluso material cuyo descarte resulta obvio. Supongo que es una manía que gané hace años, al usar esos primitivos programas maravillosos, que adolecían de "undo".
Generados, seguramente, por monstruos informáticos que despreciaban todo aquello que se relacionara con la gráfica y por cuyos horizontes no pasaba algo tan fundamental para las artes visuales como el "pentimento", eran verdaderos depredadores de ideas.
Definitivamente, creo que es por eso que desde entonces guardo bocetos, raft, rasqueteos, experimentos, archivos pinchados con gracia, juegos de viñetas, rarezas. Todo va al binario arcón del dvd. Y revisarlos produce un raro placer. Reencontrar esas piezas de "árbol de desarrollo" perdidas o propuestas desestimadas es toparse con viejas ideas. La idea es algo que se olvida, o se olvida parcialmente. Crece, se deforma, se nubla. 
Hoy pensamos diferente que ayer, muy distinto que hace años.
Vemos diferente.
Y aunque la dejemos por escrito, al releerla, la idea ha perdido esa subjetividad que creíamos conocer, y ya parece escrita por otro (o por un familiar cercano, algo así como un primo).
Al reencontrar viejos bocetos, uno suele reunirse con ese otro diseñador que éramos, pero esto, no sucede siempre. Y si no sucede, admirarse de los trabajos de esa persona desconocida, que sabemos que ha sido uno, y que creíamos recordar, es el raro placer.
Nos vemos perspectivados al resucitar esas imágenes muertas en el tiempo.
Y allí accedemos a otra fracción de placer: uno puede asistir a otra lectura de los textos, otras propuestas, otras “almas” que habrían tenido esos libros que uno conoce editados con otras cubiertas.
Es que los libros pueden leerse en distintos niveles. Uno puede leer el contenido, pero también puede leer la forma, el ojo de la letra elegido, la cubierta, los colores, las ilustraciones, las misceláneas. La calculada combinación de estos elementos es la razón del diseñador.
En esta ocasión, estamos subiendo una propuesta descartada por nuestro cliente (luego se plasmaría de otra manera) que me parece muy atractiva.
Se trataba de una colección de clásicos de aventuras para niños y adolescentes; estarían allí títulos de Salgari, Verne, Twain, Alcott, etc.
Generamos un par de propuestas a partir de 20.000 leguas de viaje submarino (un par de pares, mejor dicho) antes de decidirnos por la definitiva junto a la editorial. Aunque no fue la elegida, ésta tiene una rara belleza que me parece muy rescatable.
El título de la colección, en tipografía Triplex normal a la cabeza del libro, sobre una reserva blanca en los plenos de fondo. El título de la novela, en Transit. El nombre del autor, en Arsis.
Fíjense el uso en espejo de los filetes en el título (centrado), resaltando las líneas de base del texto del título, y jugando con ese interlineado para definir la banda sobre la que se va a inscribir el nombre del autor.
La ilustración constaba de dos componentes, uno pluma (esa especie de Kraken en este caso, retocado de nuestros stock de viñetas clásicas) y otro descriptivo (el Nautilus, resuelto por Cristian Mallea para este título) sobre un fondo pleno.
Los índices de colores en plenos, obleas, cartela y filetes, variarían según los títulos.
Según la necesidad, las ilustraciones pasarían por debajo de la banda del autor, pero por delante de la cartela del título, respetando los textos.
El logo de la editorial, al pie, sobre su banda correspondiente.
La propuesta generaba una identidad juvenil, pero de gran presencia.
El editor optó por algo más colorido, y este pulpo se fue al galpón de los trastos viejos.
Hace unos días, buscando unos textos que juraba haber guardado me lo crucé, y me cautivó. Hoy no hubiéramos resuelto esta cubierta así, pero no me parece mala cubierta.
Los textos todavía los estoy buscando, guardar todo, es no guardar nada. Quizá ese era el mensaje monstruoso de los que programaron Corel, allá por el año '92.